jueves, 24 de marzo de 2011

Una Gran Contradicción:
Petróleo, ecología y economía
Elías Capriles

Ser ecologista en un país cuya economía depende del petróleo implica enfrentarse a una tremenda contradicción. En efecto, es bien conocido que la combustión de hidrocarburos es una de las causas principales del efecto invernadero, el cual a su vez constituye una de las múltiples variables de la crisis ecológica que enfrenta la humanidad en nuestros días, y que constituye el signo de la época. Sucede que, por primera vez en la historia, la humanidad se enfrenta a la posibilidad de su propia extinción, no debido al choque de un enorme meteorito, cometa o asteroide, ni a otras “causas naturales” (aunque la eventualidad de que puedan entrar en juego tales causas tampoco puede excluirse), sino a la intervención de la humanidad sobre el ecosistema global del que ella misma es parte.

Ecología, economía y petróleo


En su libro Manifiesto ecológico: ¿Fin del futuro?, José Lutzenberger escribió (1):

«La economía humana es un aspecto de la economía de la naturaleza. Por lo tanto, las ciencias económicas deberían ser enfocadas como lo que realmente son: apenas un capítulo de la ecología. Pero el pasado remoto de nuestra cultura nos legó una filosofía [basada en la falsa] dicotomía Hombre-Naturaleza. Fue en base a esta visión dicotómica que el pensamiento económico permitió la aparición de la actual forma de sociedad industrial y su última fase, la sociedad de consumo, parte de un patrón absurdo, un modelo divorciado de la realidad. Ese modelo concibe la economía como si ella existiese en un plano que trasciende a la naturaleza y que no tiene contacto con ella, excepto en aquellos puntos en que se la explota como fuente gratuita de materia prima.
«Se mira tanto el mundo inorgánico como el mundo vivo, con la única excepción del hombre —excepción ésta que tiene sus excepciones— como simple materia prima. Según esta visión, el ambiente no es sino una masa amorfa que sólo adquirirá forma significativa después de que haya sido manipulada por el hombre, su soberano.
«Implícitamente el modelo económico vigente postula un flujo abierto de materias. Este flujo es unidireccional y se mueve entre dos [supuestos] infinitos: en un extremo, materia prima y energía [supuestamente] inagotables, y en el otro, [una supuesta] capacidad ilimitada de absorción de desechos.
«Puesto que [se supone que] este flujo une dos infinitos, se infiere, lógicamente, que es indefinidamente ampliable en volumen y velocidad; no se admiten límites para el “desarrollo” y el “crecimiento económico”. Aun cuando las circunstancias ya no admiten la negación de ciertos límites, se supone simplemente que todos los recursos son sustituibles y que no existen límites para el ingenio humano, que sabrá superar siempre todos los impases.

«Un modelo de esta naturaleza ignora completamente el funcionamiento de la ecosfera, de la cual el hombre y todas sus actividades son una parte inseparable. Ese modelo es la causa de la crisis que atravesamos. La visión de la economía como algo que trasciende la naturaleza, lleva a la ceguera ambiental por un lado y a cuentas ficticias e ilusorias, por otro. Es porque la naturaleza no entra en nuestro pensamiento económico que no nos damos cuenta de la gravedad de nuestras agresiones y no vemos que nos encontramos en pleno proceso de desmantelamiento de la ecosfera, cuyo fin significará también el fin de la economía humana. La casi totalidad de lo que convencionalmente llamamos “progreso” no es otra cosa que el incremento en la rapiña de los recursos naturales. La sociedad moderna es infinitamente más destructora del ambiente que aquéllas entre las sociedades antiguas que se extinguieron justamente porque fabricaban desiertos. Su expectativa de vida es ciertamente más reducida que la de éstas.
«Mientras el progreso de la vida, a través de las largas eras de la evolución, significaba un constante aumento del capital ecosférico, con mejoramiento progresivo de la homeostasis, el “progreso” del hombre moderno es una orgía de consumo acelerado de capital, con aumento paralelo de la vulnerabilidad del sistema. En un espacio de tiempo cortísimo dilapidamos y desgastamos lo que a la naturaleza le tomó millones de años en crear y acumular.
«Cuando nos jactamos de nuestro fabuloso poderío tecnológico y nos enorgullecemos de nuestro “dominio de la naturaleza”, este entusiasmo pueril nos hace ciegos ante los verdaderos costos de las moderas tecnologías y no vemos nuestra total incapacidad de reponer, con igual facilidad, lo que destruimos. Una motosierra o un tractor que en minutos derriban un gigantesco árbol milenario, nos parecen un proceso extasiante, pero olvidamos que no hay ni habrá nunca una tecnología capaz de reponer en el mismo lugar otro gigante en menos tiempo del que necesita ese árbol para formarse.
«Al no tomar en cuenta los costos ambientales de nuestras tecnologías, hacemos cuentas incompletas y, por lo tanto, erradas. Para los tecnócratas, economistas y burócratas el dinero se convierte en la medida de todas las cosas: medida universal y exclusiva. Sólo se tiene en cuenta lo monetariamente cuantificable. Pero el dinero, que representa apenas las reglas de juego de la distribución entre los humanos y el fruto de nuestra explotación de la naturaleza, no tiene absolutamente nada que ver con el avance o el retroceso ecológico, y en nada refleja la salud de la ecosfera ni las condiciones de supervivencia.
«De este modo confundimos el desmantelamiento de la ecosfera con la creación de riqueza. La destrucción de un ciénaga, la transformación de la selva amazónica en simples pastos, o la tala de las últimas araucarias sólo figuran en las cuentas económicas como creación de riqueza, sin que allí aparezca la descapitalización ecológica.
«Como índice de progreso se toma el Producto Nacional Bruto (PNB). Pero este PNB no pasa de ser un indicador del flujo de dinero o del flujo unidireccional de los materiales que ese dinero moviliza. En el cálculo del PNB nada se descuenta. No se descuenta la descapitalización de la ecosfera. Allí nada se debita al agotamiento de una mina, la desaparición de los peces en ríos y océanos, la pérdida del aire puro, los costos sociales. Mas la descapitalización de la ecosfera es una descapitalización real, tan real como el empobrecimiento de quien despilfarra despreocupadamente su capital monetario. El PNB es la suma aritmética del valor monetario de las transacciones entre humanos, y nada más. El precio de la madera en el mercado interno y las divisas de su exportación se suman sin que haya ningún descuento por la descapitalización del bosque. Si después de la explotación de la madera sólo queda un desierto, el PNB no carga en cuenta este hecho; apenas registra “creación de riqueza.” Así pues, la persona que más dinero despilfarra en futilidades, que más materiales desplaza, que más impacto ambiental negativo produce, contribuye más al PNB que la persona frugal, que dedica sus energías al estudio y al deleite espiritual, o al avance de la ciencia, de las artes, de la armonía social. Cuando la salud pública llegue a decaer drásticamente a consecuencia de la contaminación ambiental y la desestructuración social, el PNB crecerá en la misma proporción que los gastos para medicinas, médicos, siquiatras, hospitales y funerarias. De hecho, el PNB es proporcional a la descapitalización de la ecosfera. Lejos de ser un índice de progreso real, el PNB es una medida de autodestrucción.
«El valor que damos a las cosas no refleja su verdadero costo. El petróleo era barato porque su precio apenas reflejaba los costos de su extracción, más las ganancias de las compañías y los impuestos de los gobiernos. Su precio no tiene en cuenta la existencia limitada del mineral, su irrecuperabilidad y los cientos de millones de años que la naturaleza necesitó para formarlo. Se creó así toda un infraestructura tecnológica apoyada en el despilfarro acelerado de la energía “barata” y de la materia prima igualmente “barata”. Es como si una persona, al encontrar en su terreno un tesoro enterado, decidiera venderlo a un precio que cubriera apenas los gastos de trabajo para desenterrarlo y un pequeño margen de ganancia.
«Pecamos contra todos los preceptos de la ecología. No tomamos en cuenta los requisitos de nuestra propia supervivencia. Ya no se trata del mero desliz tecnológico que sería fácilmente reversible con un poco de cuidado, con legislación reguladora y algunas contratecnologías, tales como el control mecánico o químico de la polución. Estamos causando los estragos que causamos, no porque nuestra tecnología funcione mal, sino porque ella funciona exactamente como queremos que funcione. La crisis ecológica no es la consecuencia de malas intenciones de nuestra parte; ella es consecuencia de buenas intenciones, pero estas buenas intenciones tienen sus raíces en postulados falsos. Demolemos la ecosfera porque en nuestra visión alienada no le damos ningún valor. Queremos desmontarla y consideramos esto como “desarrollo”, como “progreso”. Arrasamos la Amazonia porque allí sólo vemos un “inmenso vacío”.
«La causa profunda de la crisis no es tecnológica ni científica; es cultural, filosófica. Nuestra visión incompleta del mundo nos hace querer agredir lo que deberíamos querer proteger. Nos parece que debemos “dominar la naturaleza,” luchar contra ella para no ser dominados por ella. Pero ocurre que la alternativa “señor o esclavo” no corresponde a la realidad de las cosas. El camino que la ecología nos enseña es el de ser socios de la naturaleza.»

En el caso del petróleo, no sólo despilfarramos lo que a la naturaleza le tomó millones de años producir, sino que este despilfarro produce gases y otros tipos de desechos que tienen un papel protagónico en la crisis ecológica que amenaza con poner fin a la vida en el planeta.

Petróleo, efecto invernadero, lluvia ácida y gravedad de la crisis ecológica


    Sabemos que el efecto invernadero es producido por el calentamiento de los gases de carbono por efecto de los rayos infrarrojos provenientes del sol, al ser éstos reflejados por la tierra, y que su nombre se debe a que este principio es similar al que hace que en los países fríos los invernaderos se mantengan calientes en el invierno. Como lo reportó en el último número de abril de 1989 de la revista Nature A. E. Strong, de la National Oceanic and Atmospheric Administration (EE. UU.), dicho efecto ha hecho que, según los datos obtenidos por los satélites del organismo al que él pertenece, la temperatura de los océanos haya aumentado 2oF por año entre 1982 y 1988. Un gráfico de la Administración Nacional de la Aeronáutica y el Espacio (EE. UU.) muestra que, de 1880 a 1985, la temperatura promedio del planeta aumentó de -5oC a +2,5oC.2 En Venezuela, se descubrió que para 1988 el nivel del mar en las costas del país había subido en relación a mediciones anteriores,3 probablemente como resultado de la expansión de las aguas producida por el calentamiento. Los científicos pronostican que el efecto invernadero hará subir tanto la temperatura de los mares —y por ende el nivel del mar— que vastas regiones del planeta serán inundadas por las aguas, lo cual modificará radicalmente los mapas y, como anotó la revista Time, provocará migraciones en masa más numerosas que todas las que registra la historia.4 En la opinión de algunos científicos, a la larga el efecto invernadero podría llegar a derretir los casquetes polares, lo cual podría provocar un diluvio universal.
     En combinación con la progresiva destrucción de la selva amazónica, que producía más del 50% de la humedad que, al condensarse, caía como lluvia sobre el continente americano al este de los Andes y las Rocallosas,5 el efecto invernadero amenaza la producción agrícola del Midwest Estadounidense,6 de la que que por medio de la ley pública 480 y otros medios se hizo depender a buena parte de la humanidad —y en particular del tercer mundo— para su alimentación.7 En cualquier caso, como advierten las predicciones científicas citadas por Time, no parece haber duda de que el exceso de calor transformará en un desierto las regiones que en nuestros días son las más fértiles del planeta.8
    Por otra parte, es bien sabido que el océano Pacífico absorbe (directa e indirectamente) tanto calor de los rayos infrarrojos provenientes del sol, que en ciclos de pocos años la expansión de las aguas hace subir considerablemente el nivel del mar, de modo que cuando este aumento alcanza un nivel umbral, tiene lugar el fenómenos de corrientes conocido como El Niño, que lleva las aguas calientes a las cosas occidentales de América, produciendo graves fenómenos metereológicos (luego tiene lugar una compensación comparable a la resaca, que es el fenómeno conocido como La Niña, el cual se produce en dirección contraria). Como resultado de esto el número de huracanes en el Caribe, en las costas pacíficas mexicanas y en USA se ha multiplicado, y en Venezuela hubimos de sufrir la vaguada que detruyó el litoral central y que según algunos cálculos provocó más de 50.000 muertos. Y éste es sólo el comienzo, ya que a medida que se agudicen estos fenómenos de corrientes los desequilibrios metereológicos crecerán exponencialmente.
    Además de provocar el “efecto invernadero” y las consecuencias metereológicas de éste descritas en el párrafo anterior, la sobreutilización de combustibles fósiles, en combinación con otros factores, ha producido la lluvia ácida que ya ha dado muerte a la mayor parte de los bosques de Europa central y a una proporción considerable de los del Canadá, que eran esenciales para la regeneración del oxígeno en la atmósfera y la eliminación de los gases de carbono.9 Mientras tanto, las selvas pluviosas tropicales, que constituyen el generador de oxígeno y filtro de gases de carbono más importante del planeta, y que son un factor clave en la estabilización del clima global, están siendo destruidas a una velocidad vertiginosa. La selva amazónica proporcionaba la tercera parte del oxígeno que se utilizaba en el planeta y filtraba una cuarta parte de los gases de carbono producidos en él;10 para la primera mitad de la década de los 1990 su quema, además de
destruir un recurso tan importante, producia ya el diez por ciento de las emisiones mundiales de carbono11 —una cifra que aumenta año tras año— y podría estar colaborando con el agotamiento de la ozonosfera, pues el humo es llevado por los vientos a la Antártida, donde es bombeado hacia arriba por las tormentas, probablemente hasta alturas a las cuales interactuaría con el ozono, destruyendo la ozonosfera y de este modo amenazando a la totalidad de lo viviente.12
    Es necesario recordar que, aun si dejamos de producir inmediatamente gases de carbono, los que ya hemos liberado permanecerán en la atmósfera y, en consecuencia, seguirán haciendo aumentar la temperatura de la atmósfera y de los mares, y exacerbando de paso los fenómenos metereológicos a los que nos hemos referido —y que otros gases producidos por las industrias y asociados a ellos continuarán haciendo caer lluvia ácida por muchas, muchas décadas—. Lo que es peor, el aumento de la concentración de los gases de carbono afecta el ecosistema global, transformando las constantes que éste tendía a conservar. Puesto que el recurso a la energía nuclear es mucho más peligroso y dañino que la utilización de combustibles fósiles, la transición a la “energía solar” (término que abarca formas de energía tales como la electricidad producida por células fotovoltaicas, vientos y recursos hidráulicos; los combustibles derivados de productos agrícolas y de desechos; etc.)13 y la reducción de nuestros apetitos energéticos no pueden hacerse esperar: nuestra supervivencia podría depender de que ambos cambios se efectuasen en el más breve plazo.
     En efecto, los pocos más de 200 millones de habitantes de los Estados Unidos, que constituyen una ínfima proporción de los casi 7.000 millones de habitantes del planeta, consumen alrededor del 42% de la energía. Si la totalidad de la humanidad alcanzara los mismos niveles de consumo de energía, nuestra extinción tendría lugar en el plazo de unos pocos años. Por lo tanto, los estadounidenses tendrán que disminuir drásticamente sus apetitos energéticos, y el resto de la humanidad tendrá que contener sus expectativas de alcanzar los niveles de consumo de los EE. UU.
    Encima de todo lo ya considerado, en la primera guerra del Golfo se quemaron miles de pozos de petróleo en Kuwait, lo cual inyectó más gases de carbono en la atmósfera que años de quema regular de combustibles fósiles (lo cual no significa que sólo hayan sido los iraquíes quienes hayan dañado el medio ambiente: las fuerzas armadas estadounidenses utilizaron en las dos guerras del Golfo y la de Yogoslavia un gran número de armas en base a uranio degradado que hay multiplicado la tasa de incidencia de cáncer en los niños de la Mesopotamia).
    Ahora bien, el efecto invernadero es sólo un aspecto de la crisis global, que comprende innumerables otras variables,14 y que ha hecho a los expertos realizar las más espeluznantes predicciones. En efecto, el conocido manifiesto A Blueprint for Survival, apoyado en un documento por muchos de los científicos más notables del Reino Unido y por organizaciones tales como The Conservation Society, Friends of the Earth, The Henry Doubleday Research Association, The Soil Association y Survival International, afirmó que:
    «Un examen de la información relevante asequible nos ha hecho tomar conciencia de la extrema gravedad de la situación global en nuestros días. Pues, si permitimos que persistan las tendencias imperantes, la ruptura de la sociedad y la destrucción irreversible de los sistemas que sostienen la vida en este planeta… [dentro del plazo de nuestra propias vidas o] de las vidas de nuestros hijos, serán inevitables.»
A su vez, Michel Bosquet advertía hace ya varias décadas que:

    «La humanidad necesitó treinta siglos para tomar impulso; le quedan treinta años para frenar antes del abismo.» (Senent, Juan, Philippe Saint-Marc y otros, 1973.)
    Arturo Eichler ha señalado que sólo una transformación total inmediata podría quizás hacer posible nuestra supervivencia más allá de la primera mitad del siglo XXI (comunicación personal).
    Por su parte, Lester Brown, del Worldwatch Institute en Washington, D. C., afirmó en el Foro Global sobre el Medio Ambiente y el Desarrollo para la Supervivencia que tuvo lugar en Moscú del 15 al 19 de enero de 1990, que:
     «Si no podemos invertir en el futuro próximo algunas de (las) tendencias (imperantes), corremos el riesgo muy real de que la degradación ambiental pueda producir ruina económica, como ya lo ha hecho en partes de Africa, y de que las dos puedan comenzar a alimentarse mutuamente, haciendo cualquier progreso futuro extremadamente difícil... ...para el año 2030, o bien habremos producido un sistema económico mundial ambientalmente sostenible, o habremos fracasado claramente y, mucho antes de eso, la degradación ambiental y la ruina económica, alimentándose mutuamente, habrán llevado a la desintegración social. Lo haremos para el 2030 o habremos fracasado claramente.» (Brown, Lester, 1990.)
    En 1.998, un grupo de científicos que comprendía a la gran mayoría de los premios Nóbel del planeta advirtió contra la irreversible desestabilización y destrucción del ecosistema por el efecto invernadero —el cual desde 1997 y durante 1998 produjo el más extremo fenómeno “El Niño” que haya registrado la historia, el cual ha causado estragos en todo el mundo—. Incluso James Lovelock, quien con anterioridad se había burlado de los ecologistas, señaló que Gaia (el planeta considerado como ser vivo) sería incapaz de mantener su homeostasis (salud) y su vida con un índice de incidencia humana sobre sus sistemas como el que se ha dado en los últimos años.

Política petrolera para Venezuela y la OPEP: Una propuesta utópica y sin embargo necesaria


    Los Estados Unidos se han negado a firmar el Tratado de Kyoto, que establece límites para la producción de gases de carbono, aunque aún muy lejanos a los que sería necesario imponer a fin de darle una oportunidad a nuestra supervivencia como especie. Por otra parte, la economía de nuestro país depende directamente de la venta de nuestro petróleo, y si dejáramos de producirlo ello representaría la ruina súbita y absoluta de Venezuela.
    La propuesta utópica que aquí se plantea consiste en tratar de lograr, por medio de una concertación con la OPEP, no simplemente mantener el petróleo en los niveles de precios que tiene en la actualidad, sino incrementarlos significativamente. Con ello podrían lograrse simultáneamente varios efectos de la mayor importancia:
    1) Obtener recursos que permitan mejorar significativamente la calidad de vida de los venezolanos y permitirnos hacer las inversiones necesarias para lograr la autosuficiencia alimentaria.
    2) Imponerle a los Estados Unidos límites en la utilización de combustibles fósiles, lo cual sería comparable a imponerles lo que en la práctica quizás podría acercarse a constituir un Tratado de Kyoto ágrafo, o incluso algo más efectivo que el insuficiente y limitado tratado de Kyoto.
    3) Estimular la investigación por parte de los Estados Unidos y otros países del Primer Mundo, de formas de producción de energía no contaminante, o por lo menos mínimamente contaminante. Sucede que los precios de estas formas de producción energía siguen siendo más elevados que los de los combustibles fósiles porque las administraciones estadounidenses, íntimamente asociadas a las compañías petroleras, han dejado a un lado la investigación que permitiría reducir los costos de las formas alternativas de producción de energía; la subida de los precios del petróleo forzaría a la administración estadounidense de turno a financiar dichas investigaciones y al mismo tiempo haría a la energía “limpia” comparativamente más barata.
    Evidentemente que todo esto no resolverá la crisis ecológica, pero sí podría ser un pequeño aporte para frenar su desarrollo, y al mismo tiempo representar gran aporte para mejorar las condiciones de vida de nuestro pueblo. Sin embargo, puesto que el petróleo se cotiza y paga en dólares, los EE. UU. podrían volver a recurrir a su estrategia de los años 70, que consistió en incrementar la impresión de billetes a fin de impulsar una progresiva devaluación de la moneda, haciendo así bajar los precios del petróleo en términos reales. De hecho, desde que la OPEP concertó e implementó recortes de producción en estos últimos años, la divisa estadounidense ha estado perdiendo valor de manera progresiva frente al euro y al yen. En consecuencia, si se comprueba que los EE. UU. manipulan el valor de su moneda a fin de hacer bajar el precio del petróleo,15 sería conveniente que la OPEP implementara una diversificación de las divisas en las que se cotiza y paga el petróleo —por ejemplo, establecer los precios en términos de un promedio de los valores del dólar, el euro y el yen, y hacer la tercera parte de los pagos en cada una de las tres divisas—. Esto sería más conveniente que sustituir el dólar por el euro como moneda de pago del petróleo y sus derivados, pues en este último caso estaríamos dando a la Unión Europea la ventaja que han poseído los Estados Unidos desde que tuvo lugar la sustitución del respaldo áureo por la cuantificación de la economía, y la concomitante substitución de las reservas en oro por reservas en dólares (U.S.)—junto con la implantación del monopolio del dólar como moneda para el pago de los combustibles y en general para el comercio mundial, todo lo cual ha constituido un elemento central en la transformación de ese país en hiperpotencia única.16
    De hecho, un incremento moderado en los precios del petróleo no habría sido contrario a los intereses de los EE. UU., ya que las “pequeñas” compañías petroleras de Texas, que tienen los vínculos más íntimos con la administración Bush (ellas se encuentran entre las principales financiadoras de su campaña y de ellas han provenido algunas de las figuras más importantes de dicha administración) tienen costos de producción tan altos, que una baja demasiado pronunciada de los precios del petróleo podría llevarlas a la quiebra. En consecuencia, no se debe pensar que el objetivo principal en la guerra contra Iraq de 2003 haya sido provocar la reducción más extrema de los precios del petróleo.17
     Por supuesto, la propuesta que he hecho en esta sección de la ponencia es meramente hipotética, ya que sería imposible concertar con suficientes actores una política de maximización de precios, y en la práctica la implementación de tales políticas conduciría a una rápida aniquilación del gobierno de turno. Por otra parte, un incremento drástico en los precios del petróleo sería catastrófico para aquéllos entre los países más países pobres del Tercer Mundo que no poseen yacimientos petrolíferos o gasíferos (sólo piénsese las consecuencias que tendría sobre Nepal y su población un aumento drástico de los precios del petróleo); en consecuencia, una propuesta como ésta tendría que implicar una política dual de precios, que implicaría la venta de hidrocarburos a precios reducidos a los países que lo necesitaran.

Conclusión


No sólo es la propuesta hecha en la sección anterior algo utópico (debido, como ya vimos, a la imposibilidad de concertar políticas como las propuestas con suficientes actores, y al hecho de que su implementación conduciría a la aniquilación del gobierno que intentase implementarla), sino que incluso si fuese posible implementarla, ella constituiría una propuesta provisional. En efecto, este ponente no cree que la implementación de políticas de Estado sea la solución a los graves problemas que enfrenta la humanidad en esta encrucijada histórica, en la que lo que se encuentra en juego es nuestra propia supervivencia como especie. Mis propuestas definitivas se encuentran en la obra Individuo, sociedad, ecosistema: Ensayos sobre filosofía, política y mística, publicado en Mérida por el Consejo de Publicaciones de la ULA en 1994 (una versión actualizada y corregida sin publicar de dicha obra constituye la forma actual de mis propuestas definitivas).

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Notas: 


1 Lutzenberger, José A. (1976; español 1978), pp. 17-20.

2 Perspectivas económicas. Revista trimestral de la economía mundial, Nº 65, p. 11.

3 Información publicada en el diario El Nacional, Caracas.

4 Revista Time del 2 de enero de 1989 (dedicada a la Tierra en peligro, «planeta del año»), p. 21. Chicago, Ill.

5 Eichler, Arturo, conferencia de 1988.

6 Revista Time, 19 de octubre de 1987 (p. 40, p. 43) y del 4 de julio de 1988 (p. 21, p. 23), Chicago, Ill.; The New York Times, publicado en español por el periódico El Nacional (Caracas, Venezuela) en traducción de Gonzalo Zunín Díaz.

7 Gracias al programa «Alimentos para la Paz» y la ley pública 480, el gobierno de los EE. UU. logró que una gran parte del Tercer Mundo se hiciera alimentariamente dependiente de la producción de cereales y frijoles de soja de ese país: como se ha mostrado en Garrido, Alberto, 1982; en Hudson, Michael, 1973; en Mende, Tibor, 1974; en Burbach, Roger y Patricia Flynn, 1976, y en George, Susan, 1980, el programa «Alimentos para la Paz» sirvió a los EE. UU. como arma de presión para influenciar la política de otros paises, al mismo tiempo que hacía a éstos depender alimentariamente de los EE. UU. y de las transnacionales de los alimentos, permitiendo a éstas y al gigante norteamericano obtener pingües ganancias. Como vimos al considerar el efecto invernadero, las tierras del Medio Oeste estadounidense —granero de la potencia norteamericana— están perdiendo rápidamente su productividad agrícola. Cuando ésta disminuya drásticamente, los paises sureños que dependen de la producción agrícola estadounidense tendrán que enfrentar hambrunas que podrían llegar a diezmar su población —las cuales podrían ocurrir de manera más inmediata aún si alguna ocurrencia inesperada hiciera escasear el petróleo, del cual depende totalmente el tipo de agricultura imperante—.

8 Revista Time del 19 de octubre de 1987, p 43. Chicago, Ill.

9 La construcción en la década de los 1980 del gasoducto proveniente de lo que entonces era la Unión Soviética permitió la reducción del uso del carbon en las fundiciones y otras industrias, con lo cual la lluvia ácida disminuyó—mas no así la inyección de gases de carbono en la atmósfera que, como hemos visto, es la causa del efecto invernadero.

10 «Amazon in Peril. The World’s Biggest Rain Forest Is Shrinking Fast. But Help Is on the Way». Artículo principal, revista Newsweek del 30 de enero de 1989, pp. 41-42.

11 «Amazon in Peril. The World’s Biggest Rain Forest Is Shrinking Fast. But Help Is on the Way». Artículo principal, revista Newsweek del 30 de enero de 1989, p. 41. «The Amazon: Going Up in Flames». Revista Time, 12 de septiembre de 1988, p. 17.

12 «The Amazon: Going Up in Flames». Revista Time, 12 de septiembre de 1988, p. 17.

13 Ver Lovins, Armory B., 1977, 1978, 1980, y Capra, Fritjof, 1982. Todas éstas son formas de energía solar porque el calentamiento de la atmósfera por los rayos infrarrojos provenientes del sol es la causa de los vientos, y son también los rayos del sol los responsables de la evaporación de las aguas que permite que haya lluvia y que ésta alimente los ríos que alimentan las represas, etc. A su vez, la producción de energía a partir de las mareas serían un uso de lo que podríamos llamar “energía lunar.” Y así sucesivamente.

14 Algunas de estas variables son:
La inyección de sustancias radiactivas al medio ambiente, algunas de las cuales permanecen activas hasta por cientos de miles de años (el plutonio, que es quizás la más dañina de dichas sustancias, permanece activo por medio millón de años), en ínfimas concentraciones son poderosísimos cancerígenos y, en concentraciones mayores, son incluso capaces de borrar los códigos genéticos de los seres vivos. Y últimamente se han emploeado armas con uranio degradado en varias guerras,
Hace algún tiempo, los científicos predijeron que un desgaste del 1% en la capa de ozono que filtra los letales rayos ultravioleta que proceden del sol multiplicaría las tasas de aparición de cáncer en la piel y de cataratas; los clorofluorocarbonados hay producido ya un desgaste varias veces mayor, que ha dejado ciegas a las ovejas en las zonas de América cercanas a la Antártida y ha hecho que se multipliquen los casos de cáncer en la piel y de cataratas. En general, se teme que muy pronto comience un proceso de destrucción de la biosfera por los rayos ultravioleta, el cual se iniciaría probablemente con la destrucción del plancton vegetal sobre las plataformas continentales (Flores, Celestino, 1988), que es otro de los elementos claves en la regeneración del oxígeno de la atmósfera, y a la larga podría hacer imposible la agricultura.
Otro elemento de la mayor importancia en la génesis de la crisis ecológica ha sido la llamada «revolución verde». En 1882, el 85% de las tierras cultivables estaban en buenas condiciones, el 9,9% había perdido la mitad del humus y apenas el 5,1% eran suelos marginales. Para 1952, las tierras cultivables que se encontraban en buenas condiciones representaban, en cambio, sólo el 41,2% del total, mientras que el 38,5% había perdido la mitad del humus y el 20,3% era ya suelos marginales (equipo editorial de la revista The Ecologist, 1971). Fue en esas condiciones que se lanzó la revolución verde, que en pocas décadas destruyó una proporción considerable de los bosques de nuestro planeta —necesarios para la producción de oxígeno, la filtración de gases de carbono y la estabilización del clima global— a fin de «poner bajo el arado las tierras recuperadas», y que ha agotado progresivamente gran parte de las tierras de cultivo que todavía se encontraban en condiciones aceptables.
La base de la revolución verde es la «quimioterapia» intensiva de los suelos. Ahora bien, los fertilizantes químicos destruyen los microorganismos que regeneran el nitrógeno y otros nutrientes esenciales para los cultivos, incluyendo los micronutrientes o elementos-rastro, que en la mayoría de los casos no pueden ser repuestos artificialmente (ello es demasiado costoso para el granjero común, sobre todo en el Tercer Mundo y, por otra parte, su dosificación exacta es tan difícil que se correría el riesgo de aplicar sobredosis y producir así alimentos mortalmente venenosos. La aplicación de abonos naturales puede reponer los micronutrientes, pero en paises como India la bosta de vaca es utilizada como combustible para la cocina, mientras que la cría de puercos sólo es practicada en las provincias de Goa y Kerala. En otros paises del Tercer Mundo, no sólo no se aplican abonos naturales, sino que además se recurre a la quema como método para «limpiar» los campos de cultivo.). Los plaguicidas, a su vez, pueden destruir las lombrices y otros organismos y microorganismos necesarios para la fertilidad de los suelos. Así, pues, estudios realizados hace poco más de una década en una serie de naciones del Tercer Mundo por la Organización para la Agricultura y la Alimentación de las Naciones Unidas encontraron que, como resultado de la aplicación masiva de plaguicidas y fertilizantes químicos, las tierras de cultivo se han quedado sin los micronutrientes necesarios para mantener la producción agrícola y para proporcionar a los alimentos los elementos-rastro indispensables para la nutrición humana y animal (Sharma, Ravi comienzos de julio de 1983. El Sr. Sharma cita los estudios de la Punjab Agricultural University, el Indian Council of Agricultural Research, el Ranchi Agricultural College y la Organización para la Agricultura y la Alimentación de las Naciones Unidas). En México (Alimentación: crisis agrícola y economía campesina. México, Comercio Exterior, Vol. 28, Nº 6, junio de 1978, p. 646. Citado en Garrido, Alberto, 1982), India (Sharma, Ravi, op. cit. Ver también Eichler, Arturo, 1987) y muchos otros paises donde las cosechas aumentaron inicialmente como consecuencia de la revolución verde, al cabo de un tiempo la producción agrícola comenzó a disminuir y las tierras de cultivo fueron perdiendo su fertilidad, produciéndose un proceso de sahelización (La palabra se deriva del término utilizado para designar la región subsahariana (situada entre el centro y el norte de Africa), que no es todavía un desierto de arena como el Sahara, pero es inservible para el cultivo) y posterior desertización que, de no ser interrumpido, transformará vastas regiones del planeta en inhóspitos desiertos.
Como lo muestran los estudios de Frances Moore-Lappé y Joseph Collins, del Institute for Food Policy en San Francisco, California, la comida producida en el globo, de ser bien utilizada, podría proporcionar una dieta adecuada a 8000 millones de personas (Moore-Lappé y Joseph Collins, 1977a (resumido en: 1977b, 1977c); Capra, Fritjof, 1982). No obstante, la desnutrición sigue aumentando vertiginosamente a nivel global (como ha reportado el senador estadounidense Ernest Hollings, el director del U. S. National Nutrition Survey declaró que en su país —que contiene tan solo el 5,5% de la población mundial pero que consume aproximadamente el 42% de la energía y los recursos— los problemas nutritivos entre los pobres «parecen tan similares a los que hemos encontrado en los paises en desarrollo». El senador Hollings comenta que las dos peores enfermedades ocasionadas por la desnutrición —el kwashikor, causado por una severa y prolongada deficiencia proteínica, y el marasmo, que resulta de una prolongada falta de calorías—, que eran las que sufrían los famosos niños de Biafra, fueron encontradas en los EE. UU. por los médicos del Nutrition Survey (senador Hollings, Ernest, 1970, pp. 83, 84, 104; Moore-Lappé, Frances, 1971, p. 10).), se siguen produciendo hambrunas en regiones del Tercer Mundo y, ya para fines de 1988, cada día morían de hambre 40.000 niños en las zonas menos industrializadas de nuestro planeta (revista Time del 2 de enero de 1989, dedicada a la Tierra en peligro, «planeta del año», p. 10. Chicago, Ill. A fines de 1992, la FAO estimó que cada semana morían por desnutrición alrededor de 250.000 niños). Esto se debe al hecho de que la mayor parte de la proteína vegetal que nos proporciona la agricultura es utilizada para alimentar ganado y aves de corral a fin de producir pequeñas cantidades de proteína animal para el consumo de quienes detentan un mayor poder económico (Moore-Lappé y Joseph Collins, 1977a, 1977b, 1977c; Capra, Fritjof, 1982; Garrido, Alberto, 1982), a la desigual e injusta distribución de los bienes de producción —sobre todo, de las tierras productivas (para una discusión de este punto, ver Capra, Fritjof, 1982)— y de la riqueza material en general, y a la siempre creciente explotación a la que el Norte industrial ha sometido a las naciones del Sur.
Pero regresemos al problema representado por la utilización de las técnicas de la revolución verde. Además de agotar los suelos y, a la larga, transformarlos en desiertos (la reducción de la fertilidad de los suelos lleva a la sahelización, la cual a su vez desemboca en la desertización), las sustancias empleadas en la quimioterapia agrícola se cuelan a las aguas subterráneas que alimentan los manantiales y los ríos que proporcionan a los seres humanos y otros animales el precioso líquido, envenenándolo y envenenando a quienes beben de él.
Los plaguicidas disueltos en derivados del petróleo —que suman aproximadamente el 50% de los que se venden en los EE. UU.— pueden destruir el sistema inmunitario del organismo, y muchos de los insecticidas no persistentes también vendidos libremente en las naciones industriales son poderosos cancerígenos (Zwerdling, Daniel, 1977; Capra, Fritjof, 1982). Aunque los países del Norte prohiben los plaguicidas más destructuvos, los siguen vendiendo el el tercer mundo, donde producen horrores, y de donde son llegados por los vientos y las corrientes marinas de vuelta al primer mundo. En combinación con los fertilizantes químicos y, en general, los desechos industriales, los plaguicidas están destruyendo los ecosistemas oceánicos y marinos.
A su vez, el primer número de enero de 1989 de la revista Time señaló que la acción combinada de las substancias químicas dañinas, las radiaciones, la destrucción de las selvas pluviosas tropicales (las cuales, aunque cubren sólo un 7% de la superficie de la tierra, albergan entre el 50% y el 80% de las especies del planeta), el aumento de la radiación ultravioleta y otras variables harán que 100 especies se extingan cada día durante las próximas tres décadas (revista Time del 2 de enero de 1989, dedicada a la Tierra en peligro, «planeta del año», p. 16. Chicago, Ill.). Según otros cálculos, para el año 2.000 un millón de especies habrá desaparecido de la faz de la tierra. Puesto que la biosfera es una red de interconexiones que depende de cada una de sus partes, más allá de un cierto umbral la extinción de las especies podría ocasionar la muerte de la biosfera —de la cual la humanidad es parte—.
Otro grave problema es la escasez de agua potable, que podría diezmar la población de grandes regiones del planeta, y que se prevé pueda ser la causa de peligrosas guerras en el futuro.
Ahora bien, la contaminación que ha roto el balance ecológico no es sólo física, química y biológica, sino también psicológica y sociológica. En las ciudades, el stress, la ansiedad, la angustia, las neurosis, las psicosis, la delincuencia, la drogadicción, la violencia, la polución de múltiples tipos y los males en general aumentan sin cesar, haciendo que la vida de sus habitantes se haga cada vez más miserable, aunque muchos de ellos naden en la abundancia material.

15 La resultante reducción en terminos reales del precio de las armas abarataría los costos de la política ultrabelicista de la actual administración (destinada a impulsar el crecimiento económico alimentando ese motor clave de la economía que es la industria armamentista, a asegurar el control de una buena parte de las reservas petroleras mundiales, a vigilar y controlar una de las regiones geopolíticamente más importantes, y así sucesivamente). Simultáneamente la reducción de las tasas de interés debería producir “dinero barato” para estimular a los inversionistas y reducir el servicio de la deuda del Estado, que se elevaría a niveles sin precedentes debido a la necesidad de financiar la guerra de Iraq, y al mismo tiempo reducir las ganancias financieras obtenidas por los petrodólares depositados en los bancos estadounidenses. Todo ello debería poner freno a la recesión, sobre todo en la medida en que iría acompañado de jugosos contratos para la industria armanentista, de igualmente jugosos contratos para la reconstrucción de Iraq y así sucesivamente. Sin embargo, los resultados de todo esto no han sido los esperados: sigue sin vislumbrarse el fin de la recesión, los déficits presupuestarios estadounidenses son mayores que nunca, y las ganancias de las empresas se diluyen debido a la devaluación de la moneda. Esto incluye las ganancias de las petroleras de Texas con las que los Bush y la actual administración tienen vínculos tan estrechos y cuyos altísimos costos de producción, como se señala en el texto principal de esta ponencia, las hacen particularmente vulnerables ante la disminución de los precios del petróleo (aunque, afortunadamente para ellas, también sus costos de producción bajarán en términos reales a causa de la progresiva devaluación del dólar), las cuales tienen una enorme importancia estratégica, ya que su quiebra incrementaría la dependencia de los Estados Unidos con respecto a socios percibidos como “poco fiables:” los países petroleros musulmanes (Sadowski, Yaha, 2003) y la Venezuela de Chávez.
Por otra parte, el conjunto de medidas estadounidenses aquí consideradas, entre otras cosas, ha dado un nuevo impulso al proyecto de algunos grandes productores petroleros del Oriente Medio de remplazar el dólar por el euro como medio de pago de las transacciones petroleras con el objeto de reducir el poder estadounidense para rebajar en términos reales el precio del petróleo por medio de la devaluación de la moneda, vacunar sus capitales contra la baja forzosa de intereses por la Reserva Federal, y vengarse de lo que dichos países perciben como una nueva cruzada en contra del Islam.
Al mismo tiempo, la reactivación de la industria petrolera iraquí no sólo tomaría un tiempo considerable, sino que requeriría cuantiosas inversiones (las cuales no podrían recuperarse rápidamente, dada la elevadísima deuda externa que Iraq debe servir y algún día pagar); los nuevos gobernantes de Iraq comprenden que dependen de la OPEP para mantener los costos del petróleo y que en consecuencia no pueden seguirle el juego a los Estados Unidos y minar dicha organización (y además entienden la necesidad de aplicar políticas como las de Kuweit y Arabia Saudita, que minimizan los márgenes de ganancia de las transnacionales, aunque no tanto como para hacer que dejen de invertir); las compañías de Petróleo rusas y francesas hacen grandes inversiones en Iraq; y finalmente se ha hecho evidente que las tropas de ocupación estadounidenses tendrán que permanecer por muy largo tiempo en Iraq, ocasionando grandes costos económicos y humanos a su país (los cuales de paso amenazan las posibilidades de reelección de la actual administración).

16 La substitución del respaldo áureo a las emisiones monetarias por la cuantificación de la economía, y la concomitante substitución de las reservas en oro por reservas en dólares (U.S.), permitieron al Estado norteamericano emitir la moneda que sirve de respaldo a las economías de otras naciones. Puesto que cada billete tiene un costo irrisorio pero puede procurar al ente emisor desde un dólar hasta cien mil (desde 1969 no se han imprimido billetes de más de cien dólares, excepto para el uso de las grandes empresas financieras, para las cuales todavía se siguen imprimiendo billetes de US$ 100.000,oo), esto le reporta ingresos que se aúnan a los que recibe por concepto de impuestos (lo cual, sumado a la reducción de los beneficios sociales, entre otras cosas, ha hecho posibles las famosas reducciones fiscales de las últimas décadas). Ahora bien, mientras que los ingresos obtenidos por concepto de impuestos tienen su base en una producción económica real, los procurados por la emisión monetaria no la tienen, permitiendo a los EE.UU. financiar ex nihilo el déficit de su balanza de pagos y (por lo menos de manera provisional y en cierta medida) el de su presupuesto federal (el cual es sin embargo el más elevado del planeta), y haciendo que la inflación generada por la emisión monetaria no respaldada sea absorbida por los Estados que tienen que ir aumentando progresivamente sus reservas en US$ y cuya moneda nacional —con la excepción de monedas como el euro y el yen— se va devaluando progresivamente en relación a la divisa estadounidense.
A fin de intensificar el mecanismo arriba descrito, tomando en cuenta los límites ecológicos de la producción desenfrenada de objetos de consumo, y aprovechando la gran abundancia de “petrodólares” depositados en bancos de EE.UU. y del Primer Mundo en general como consecuencia del aumento de los precios del petróleo durante la década de los 70, los políticos y banqueros estadounidenses manipularon a los políticos del Tercer Mundo para que tomaran grandes préstamos para sus países (según un artículo publicado en The Rising Nepal en 1980, a Carlos Andrés Pérez no sólo se le ofrecieron incentivos económicos, sino que se le convenció de que sería un héroe nacional para su país si contraía altos niveles de deuda, haciéndole creer que los precios del petróleo seguirían en alza y que más delante las tasas de interés bajarían en vez de aumentar, como en realidad lo hicieron). Luego, por medio de la acumulación de grandes reservas de petróleo en los EE.UU. y gracias a una serie de recursos políticos, se hizo que los precios del petróleo bajaran y que países productores como Venezuela y México, que habían contraído una enorme deuda, quedaran a la merced de sus amos y usureros. Como consecuencia de todo esto, más adelante los países deudores se verían obligados a entregar sus materias primas sin recibir nada a cambio, como pago de los cada vez más elevados intereses de la deuda.
Considérense los datos que nos proporciona Pedro Duno (Duno, Pedro, 1992):
«Desde 1978 hasta hoy los pagos de interés de la deuda han ascendido a la fabulosa cantidad de 250.000 mi-llones de dólares (doscientos cincuenta mil millones). Si en 14 años hemos acumulado 250.000 millones de dólares en deuda adicional por concepto de intereses, ¿cuándo terminaremos de pagar?»
Lo que se desea es que los países pobres no terminen de pagar y que, en consecuencia, sigan exportando gran parte de sus materias primas y productos sin recibir nada a cambio; que tengan que canjear parte de sus deudas por medios de producción y propiedades en el país, entregando así sus recursos a poderes económicos extranjeros, y que se vean forzados a poner sus “recursos de biosfera” —sus bosques y otras áreas ricas en materias primas útiles para la elaboración de nuevas medicinas y para muchos otros fines— bajo la administración y “protección” de organizaciones pseudoecologistas del Primer Mundo cuyos verdaderos designios les son desconocidos. Téngase en cuenta que, según datos divulgados por la prensa venezolana (Larrazábal, Radamés, 1992), desde 1977 a 1992 el Estado venezolano habría pagado 91.130 millones de dólares —¡cuatro veces más que la deuda refinanciada!—.
Por esos medios se intentaba —en las palabras de Hazel Henderson— «lanzar al Sur la bola de la inflación» (y, en efecto, en la década de los mil novencientos ochenta varios paises del Sur la inflación alcanzó tasas de miles por ciento anual y hasta mensual), exacerbar la transferencia neta de recursos (fenómeno que consiste en la entrega por parte de un país a otro de productos por un valor mayor que el de lo que recibe a cambio) del Sur al Norte (de la cual el Primer Mundo ha dependido para alcanzar los PTBs por habitante que ostenta actualmente) y, de paso, obligar al Sur a aplicar las recetas económicas y políticas dictadas por el Norte —las cuales, como hemos aprendido por experiencia propia, son recetas de pauperización y exterminio de los menos pudientes en beneficio de los ricos del Primer Mundo y de la pequeña minoría capitalista que constituye ese «otro Primer Mundo» que se desarrolla en el corazón del Tercero—. (La tesis de que hay un Primer Mundo en el corazón del Tercero y un Tercer Mundo en el corazón del Primero fue presentada en Cooper, David, 1971.)
Puesto que Europa no está gobernada por ángeles y su riqueza se debe, no en menor medida que la de los Estados Unidos, a la explotación de los países del Sur, no debemos impulsar la sustitución del dólar por el euro como medio de pago del petróleo, pues con ellos les entregaríamos las armas para que fuesen ahora ellos los que nos hicieran lo que durante décadas nos han hecho los EE. UU. como consecuencia de la implantación del dólar como respaldo monetario y como medio de cambio internacional. De allí mi propuesta de usar tres divisas principales y tomar como promedio para el precio del petróleo el promedio del valor de esas tres divisas (lo cual sigue estando lejos de lo ideal, pero sin embargo parece menos desaconsejable que las otras alternativas).

17 Sadowski, Yaha, 2003.